Entonces no tuvo más remedio que levantarse, era temprano aún, no quería llegar tarde. Se levantó, se vistió, desayunó, se lavó los dientes y salió corriendo de casa sin despedirse de nadie. Cómo cada día se encontró a Daniel, su vecino de unos veinte años, alto, rubio, según ella no era muy guapo. Sandra se dio cuenta que no se había peinado, se arreglo un poco el pelo y listo. Entonces cruzó unas cuantas calles sin mirar a la hora de cruzar y se paró en una esquina. Allí estaba, cómo cada mañana esperando a Juan, un chico de unos quince años, moreno, pelo rizado que siempre pasaba a la misma hora por esa esquina. Sandra se enamoró de él a pimera vista, desde ése día siempre se espera en ésa esquina para verlo pasar. Él, parece un chico más bien despistado con aires de chico listo que no le suelen interesar las chicas sino los estudios. Sandra se espera a que sus miradas se crucen, se lo queda mirando, espera, lo vuelve a mirar y vuelve a esperar. Juan gira la cabeza y se la queda mirando, más de 10 segundos se para y le dice:
- buenos días preciosa, me alegra verte cada mañana por aquí.
Sandra ya no sabe cómo reaccionar y sólo se le ocurre decir:
- ammm… ahh… Si... ehh.... ¡HOLA!
Juan se ríe por debajo de la nariz se da media vuelta y se va.
Hasta la mañana siguiente claro.
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